Violencia de género y sexual

Foto por: Valentina Morales @valennnntina

El ocho de marzo se conmemoró el día internacional de la mujer trabajadora, día en el cual diversas manifestaciones se llevaron a cabo a lo largo de Latinoamérica, donde se registra una tasa de feminicidios que supera los cuatro mil casos anuales y cuyas cifras siguen subiendo de manera exponencial.

Por: Laura Zuluaga - Periodista

El espacio doméstico representa un riesgo constante para cientos de mujeres, en el contexto de la pandemia generada por la enfermedad COVID-19 y el aislamiento preventivo, agudizó la situación debido a la dificultad para acceder a mecanismos efectivos de denuncia de forma virtual y telefónica. La inoperancia estatal frente a la violencia de género no es una novedad, según fuentes oficiales recopiladas en la entrega número 25 del boletín de Sisma Mujer, más del 90% de los casos de violencia intrafamiliar registrados en 2020 se encuentran en etapa de indagación, el 7,86% de los casos se encuentran en juicio y menos de un 1% de los casos en ejecución de penas.

A la violencia intrafamiliar deben sumarse los casos de feminicidio y violencia sexual que involucra menores de edad y niñas, situación que se ha visto agudizada en los últimos meses donde las peleas domésticas escalan al punto de verse involucradas armas blancas y de fuego que aumentan el riesgo de feminicidio. Si bien se han tomado medidas estatales de contención, resultan ineficientes para la cantidad de casos que día a día surgen en el contexto del aislamiento preventivo; la imposibilidad de las mujeres de abandonar el espacio doméstico se debe principalmente a la carga que representan las labores de cuidado no remuneradas, que aumentan su intensidad con la presencia permanente de los hijos en casa y la elevada pérdida de empleos donde se ha visto afectado en mayor medida el género femenino.

La dependencia económica es uno de los principales factores por los cuales las mujeres no pueden salir de los círculos de violencia a los que se ven sometidas por parte de sus compañeros permanentes, de esta dependencia se derivan violencias simbólicas, materiales e incluso físicas que ponen en riesgo su vida e integridad, viéndose afectado no sólo su bienestar físico, sino también su salud mental, tema que permanece invisibilizado por parte de los diferentes organismos estatales y no gubernamentales. Si bien las mujeres han experimentado un aumento en materia de oportunidades laborales a lo largo del último siglo, dichas oportunidades no tienen en cuenta sus necesidades como principales cuidadoras del hogar, obedeciendo también a una brecha salarial significativa y el enfoque de sus labores y carreras.

Foto por: Valentina Morales @valennnntina

Para entender el porqué de la permanencia de cientos de mujeres en este tipo de relaciones, es necesario examinar el círculo de violencia intrafamiliar descrito por la psicóloga Leonore Walker en su libro ‘El Síndrome de la Mujer Maltratada’. Dicho ciclo consta de cuatro fases o patrones repetitivos que impiden a la víctima abandonar la relación dentro de la cual se está viendo amenazada su integridad.

Como lo expone la autora, la calma es un componente vital del ciclo, pues hace creer a la víctima que los episodios de violencia han finalizado y que se encuentra a salvo compartiendo con su agresor, dicha calma viene seguida por una fase de acumulación de tensión, si bien durante esta etapa no está presente el maltrato físico, sí lo está el maltrato psicológico. La tensión acumulada suele obedecer a lógicas machistas y constructos de los roles de género que incluyen las labores del hogar, actitudes posesivas del agresor, limitación y control de los movimientos de la víctima; finalmente, la fase de explosión viene acompañada de un despliegue intenso de violencia que va en aumento y en ocasiones es justificado por la persona afectada, al finalizar el conflicto y ante la amenaza de una posible consecuencia para el agresor aparece la etapa de luna de miel o “love-bombing”, que lleva a la persona maltratada a un estado de absoluto bienestar y aparente seguridad, haciéndole creer que la intensidad de la agresión es directamente proporcional a la intensidad del sentimiento amoroso de su pareja.

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 Es difícil para las mujeres abandonar este círculo vicioso, porque la situación de aislamiento y control por parte del agresor les impide tomar distancia y realizar un análisis adecuado y pertinente de dichos patrones, sumado a esto, el acceso a la salud mental y el acompañamiento terapéutico no es una opción en la mayoría de los casos por motivos económicos. No obstante, es primordial determinar más allá de esto, que no se debe revictimizar a la mujer y que, teorizar sobre ciertos comportamientos no las hace culpables, siendo relevante sobre todo el comportamiento patriarcal y machista que lleva a los hombres a cometer estos abusos y crímenes.

Foto por: Valentina Morales @valennnntina

En un panorama complejo, donde las violencias van en aumento y las estrategias gubernamentales no son competentes ni acordes a la magnitud de la situación, organizaciones como Sisma Mujer solicitan políticas feministas encaminadas a la gestión de planes estratégicos efectivos como un Sistema Nacional de Cuidados; apertura de espacios educativos y la implementación de recomendaciones señaladas por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), como la renta básica para las mujeres que han perdido sus trabajos en razón de la pandemia, y un pacto fiscal para la recuperación con igualdad de género.

El abandono estatal frente a estas políticas de prevención y soporte, sumado a los obstáculos en el acceso a servicios de denuncia durante la pandemia, como la falta de recursos tecnológicos para la atención virtual y falta de cupos en las casas de refugio, deja ver un panorama que lejos de acabarse presenta un completo abandono. No hay que ir muy lejos, la alcaldesa de Bogotá, Claudia López nos dejó ver su evidente desconocimiento e indiferencia frente a la situación de la mujer cuando le contestó a una vendedora informal, uno de los grupos de mujeres que se ha encontrado más vulnerable durante la emergencia sanitaria, que “ahí estaba trabajando” frente al reclamo por la dificultad que la cuarentena ha traído para desempeñar su medio de subsistencia y soporte.

La violencia de género es entonces es una red que debe examinarse con lupa en cada uno de sus aspectos: culturales, económicos, políticos y psicológicos. El desconocimiento de las violencias sistemáticas que padecen las mujeres en su cotidianidad lleva a que estos atropellos a su dignidad y bienestar se reproduzcan, aumenten exponencialmente y las lleven a situaciones de alto riesgo que podrían evitarse con la gestión judicial y políticas adecuadas.

Foto por: Valentina Morales @valennnntina

Colombia está lejos de ser un país que garantice la seguridad de las mujeres y niñas que lo habitan; sin embargo, los medios de comunicación masiva centran sus esfuerzos en reportar el saldo de paredes y buses que se ven afectadas durante las manifestaciones feministas y no el saldo de mujeres asesinadas y violentadas que deja cada día la violencia machista. Más allá de hashtags, necesitamos políticas eficientes y mecanismos de denuncia competentes que amparen a las mujeres que se encuentran en estado de vulnerabilidad al interior de sus hogares, lugares de trabajo e incluso las calles que deben recorrer diariamente. Necesitamos instituciones educativas que contraten personal competente para no reproducir este tipo de violencia dentro y fuera de las aulas, que creen mecanismos de protección y educación para todos los miembros de la comunidad sin distinción de género o rango; esto teniendo en cuenta que en el año 2020 aumentaron significativamente los casos de acoso cibernético por parte de los docentes a sus estudiantes cuyos números telefónicos o redes sociales fueron facilitados para la gestión de sus clases, problemática que se ha visto evidenciada a través de diferentes denuncias en redes sociales y fuentes oficiales como el diario El Comercio y La Ley, cuyos artículos han sido considerados desde el ámbito académico.

¿Hasta cuándo debemos tolerar que estas acciones permanezcan impunes? ¿Cuántas niñas y mujeres deben engrosar las cifras de maltrato, violencia y abuso sexual para que escuchen las peticiones de las organizaciones y colectivos de género? Más allá de exigir un grito de ayuda debemos exigir facilidad en el acceso a dichas ayudas y efectividad en su gestión. Debemos exigirnos a nosotras mismas ir más allá de nuestras creencias machistas y nuestra arrogancia al negar las violencias sistemáticas que día a día ponen en peligro la vida de millones de mujeres a lo largo del territorio nacional e internacional; de modo que, no es un día para celebrar la vida de nuestras madres o nuestras hermanas, es un día para recordar que ni ellas ni ninguna mujer va a estar segura en el espacio público o doméstico hasta que todas lo estén.

Actualmente se han habilitado rutas de denuncia ciudadana como la línea púrpura 155, la aplicación móvil ‘Ellas’ gestionada por la Red Nacional de Mujeres y las diferentes asesorías jurídicas y psicológicas proporcionadas por la Secretaría de la Mujer. Sin embargo, es importante señalar que la línea de emergencia 123 atiende situaciones donde haya peligro inmediato a la seguridad, integridad y vida de una mujer víctima de violencia.

Foto por: Valentina Morales @valennnntina

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