“Todavía hay que batallar con los demonios del pasado”

Fotos por: @alexarochi__

Alexandra Marín, conocida como “Alexa Rochi”, mujer feminista, fotógrafa apasionada, estudiante de artes visuales en la UNAD en Bogotá, firmante del acuerdo de paz y ex guerrillera del desmovilizado grupo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC); con su frialdad, espontaneidad, amabilidad y firmeza tiene la habilidad de contar la realidad del país y de muchos jóvenes que como ella no pensaban ser guerrilleros, pero por cuestiones de la vida su historia se cuenta con las armas en los montes colombianos.

Por: Gabriel David Usma Muñoz

Se crió en Tuluá, Valle del Cauca, lugar que tuvo que dejar muy pequeña debido a una persecución que sufrió su familia por parte del Bloque Calima de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), al que se le imputan las masacres y eventos de violaciones de los Derechos Humanos entre el 2000 y el 2004 de todo el departamento del Valle, como aparece en el informe número dos del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), sobre depredación paramilitar y narcotráfico en el suroccidente colombiano. Junto a su familia se vio obligada a desplazarse al sur del país y llegar a San Vicente del Caguán, en el Caquetá, donde conoció lo que eran las FARC y durante varios años vivió rodeada de guerrilleros, sin saber que en un futuro iba a ser miembro activo de ellos.

En su adolescencia fue víctima de un intento de abuso sexual por parte de su padre, razón por la que decidió hacer parte de las filas de la guerrilla, tal vez lo único que conocía y consideraba seguro a los 15 años, dejando a un lado el sueño de niña de querer ser policía. Allí, durante once años fue conocida como Paula Sáenz, tiempo que hizo parte del Bloque Oriental de las FARC, donde se formó como paramédica de una columna de combate, conoció la fotografía y se enamoró del oficio gracias a una comandante en la guerrilla, recorrió el país captando paisajes maravillosos, los cuales tal vez nunca más vuelva a ver y recuerde con emoción la belleza natural de Colombia.

El Bloque Oriental fue liderado por Jorge Briceño, el reconocido “Mono Jojoy”, bloque creado para tomarse la capital del país, considerado el más grande de las FARC, tanto por la cantidad de miembros que lo componían, como por la magnitud territorial que comprendía, abarcando los departamentos del Guaviare, Meta, Arauca, Cundinamarca, Boyacá, Vichada, Norte de Santander, Putumayo, Casanare y Caquetá.

“Ninguna muerte se sintió tanto en las entrañas de las FARC como la del ‘Mono’, por su cercanía con la gente, era un amigo, un parcero, su calidad humana hizo que quisiéramos vivir cerca de él sin importar el peligro que representaba”, señala Alexandra recordando al líder militar que en su momento admiró.

El informe Basta Ya del CNMH presenta cifras de la guerrilla, acusada de poco más de 3.000 asesinatos selectivos, 24.482 secuestros, casi 80 atentados terroristas, más de 4.000 ataques a los bienes civiles y 854 embestidas a la población, registrando una cifra perturbadora para el país.

Alzar las armas no era la primera opción, recuerda ella que esta acción se dio porque las vías pacíficas eran nulas y la guerrilla necesitaba más atención para los diálogos; con las armas se llegó a un acuerdo para iniciar el proceso de paz del que siempre tuvieron conocimiento en los campamentos y le dieron el sí en todo momento, pues aún su voz se agudiza y su vello se eriza al recordar cómo era vivir sin saber que esperar al otro día, incluso si en realidad habría otro día, porque hacer la guerra y estar inmerso en ella es escalofriante.

Según la investigación realizada por la Fundación Ideas para la Paz, sobre la dejación de armas en el mundo, en Colombia el proceso de desarme de las FARC en 2017 fue el primero en el país en registrar una tasa de un arma por combatiente, sin contar el material encontrado en las 949 caletas presentadas, haciéndolo un asunto inusual y alarmante. Después de todo el proceso de desmovilización, desarme, reconciliación e incorporación a la vida en la ciudad, hoy Alexa hace parte de los 13.190 ex miembros de las FARC firmantes del Acuerdo de Paz, personas acreditadas por la Oficina de Alto Comisionado, tal como lo afirma la Agencia para la Reincorporación y la Normalización (ARN).

Desde 2017 dejó de llamarse Paula Sáenz, vive sola y le parece complicado reincorporarse a la vida civil de un día para otro en la ciudad más grande del país, con todo el caos, tráfico, polución y población de Bogotá donde están presentes todas las culturas del país y hay poca empatía por el otro, eso le hace extrañar la convivencia y la vida en conjunto que mantuvo durante once años en las fuerzas guerrilleras, pues como lo dice ella “terminamos haciendo de las FARC una familia”.

En la guerrilla todas y todos estaban subordinados por igual, gozó de garantías que actualmente en la vida civil parecen inalcanzables, los cargos estaban decretados de acuerdo con las capacidades, era normal ver a una mujer comandando; allá en el monte no había contradicciones básicamente todos hacían lo mismo, el respeto era tomado con seriedad y el aborto era una acción legal, gratuita y de calidad.

Empezó a escuchar de feminismo desde los diálogos del proceso de paz, leyó un par de artículos de la feminista y hoy diputada del Partido Comunista de Chile, Camila Vallejo Dowling, incluso en la ciudad la invitaron a conocer más a fondo las finalidades y propósitos del movimiento feminista, pero no se acercó por completo.

“La falta de conocimiento, abrir otros espacios, la lectura y sobre todo conocer la realidad de las mujeres, las condiciones de vida en Bogotá me hicieron cuestionarme sobre los feminicidios, agresiones, acoso y violencia sexual, esto me hizo reaccionar y no poderme sentar a ver qué es lo que está pasando en el país”, dice Alexa con firmeza y seriedad.

Con el pasar del tiempo empezó a entender el feminismo, esclarecer sus ideas y apoyar de a poco el movimiento. En tres años confirmó el potencial y la necesidad de ser, defender y luchar por el feminismo, desde 2020 se declaró feminista, se la ve asistiendo a las marchas y movilizaciones; también, en las convenciones feministas por el país, lo que la llevo a trabajar de la mano con Somos Un Rostro Colectivo, plataforma de articulación, encuentro y planeación de las movilizaciones feministas en Bogotá.

“Hoy en día cuando llega el ESMAD a las manifestaciones, me gustaría andar con un PKM, dar 500 tiros y armar la hijueputa, pero no puedo”, dice dejándose llevar por su pasado, pero comprendiendo su realidad.

Vive al tanto de las noticias y juzga contundentemente lo que pasa con los líderes sociales y sus compañeros ex combatientes, ya que culminando el primer semestre del año 2021, son 276 ex guerrilleros asesinados de los cuales 252 estaban citados para colaborar con la justicia, bloqueando el panorama de diálogo y restauración, tal como lo dice Eduardo Cifuentes,  presidente de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), órgano creado con el Acuerdo de Paz que tiene la misión de consolidar la transición para la paz y restaurar el tejido social.

Con su fotografía trata de mostrar la realidad y rememorar lo que ha vivido el país, darle voz por medio de imágenes a aquellos ignorados, evidenciar las necesidades de la sociedad, seguir el hilo de su apuesta política mientras estuvo en las FARC y reafirmar su posición como feminista.

Trabaja para la Oficina de Prensa del Senado, cursa sexto semestre de artes visuales en la UNAD y practica la fotografía como toda una profesional, estas actividades las ve como un reto para ser y hacer algo positivo para Colombia. En sus redes sociales habla de lo que vivió sin querer “lavarle la cabeza a nadie”, simplemente se muestra como es: una exguerrillera que apoya la paz, una mujer que lucha por sus derechos, una estudiante que quiere superarse y una trabajadora que busca garantías en su diario vivir.

Uno de sus proyectos de vida es crear un libro con Federico Ríos, amigo y fotógrafo de New York Times y NatGeo, su idea es integrar todo su archivo fotográfico y probablemente cautivando al lector con sus incontables historias de vida que transmiten emociones y sensaciones indescriptibles a todo aquel que las escucha.

Es común notar como la sociedad juzga a una persona por hacer y haber hecho parte de un grupo armado vinculado con el terrorismo, el narcotráfico, catalogado como el culpable de gran parte de la violencia y barbarie que ha pasado Colombia por más de 20 años, pero pocos conocen el trasfondo y las circunstancias que llevan a una mujer o cualquier ser humano a armarse, vestirse con botas y uniforme camuflado, seguir órdenes y hacer su vida en un lugar donde no muchos se atreven a estar.

Probablemente la historia de Alexandra Marín es normal entre los ex combatientes, pero también es el claro ejemplo de que no todos los que han pasado por la guerrilla son asesinos, malhechores o corruptos, basta con escuchar la sinceridad, humildad, respeto y naturalidad de Alexa para entender que la realidad que cuentan los medios o aquellos que hacen la guerra con sangre ajena, es totalmente contraria al contexto en el que viven y han vivido personas a las que el destino las llevó a estar en situaciones en las que nadie en su sano juicio añoraría estar.

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