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Por: Lorena Aristizábal Farah

Hace dos años nació mi hija y hace dos años nací yo en versión madre.
Ha sido el tiempo más intenso, ambivalente, casi esquizofrénico de mi vida.
He amado a mi hija y he odiado ser madre.
He amado la maternidad y he odiado a esta sociedad individualista, adultocéntrica, niñefóbica.
Me he sentido infinitamente sola mientras reclamaba, aunque fuera, seis horas seguidas de soledad.

He gritado de sueño y he llorado de ternura.
He sido carne y sangre y leche.
He sido solo cuerpo y luego me he sentido expropiada de mí misma.
De este territorio que tantas veces reclamé mío.

Me he querido arrancar la piel.
He querido devolver el tiempo.

He anhelado la hondura de pensamiento que se nos escapa a quienes pasamos de “quehacer en quehacer”, cuidando, sin cuidarnos demasiado.

He roto lazos y tejido tribu.

He sentido en el útero el dolor de las madres a quienes esta guerra infame les ha arrebatado sus hij_s. He entendido la fuerza de su grito.
Las he admirado por sostener la dignidad de tod_s mientras habitan el duelo.

Ha sido el tiempo más intenso, ambivalente, casi esquizofrénico de mi vida, decía. Y hoy celebro cada instante. Abrazo las sombras, me reagrupo en el espejo, atesoro las luces.

Hace dos años amo con toda el alma.

Foto de archivo personal de Lorena Aristizábal.

Inicio este texto retomando esas palabras que escupí hace un año cuando mi hija cumplió dos años (y digo escupí, porque desde que parí, leer-me, pensar-me, escribir-me son ejercicios efímeros, esporádicos, tortuosos). Lo retomo para hablar sobre la maternidad y el feminismo porque soy una feminista que decidió ser madre y que ha logrado constatar, por lo menos, tres cosas: que ni los años de militancia han logrado evitar la ambivalencia, sacrificios y sufrimientos de la maternidad; que este tiene que ser un tema central en nuestras agendas políticas, porque siguen siendo demasiado escasas las narrativas y herramientas que hemos construido para ‘maternar’ desde la libertad y el disfrute, y que la maternidad también es placer, gozo, un terreno conquistable.
No ha sido nunca muy cómoda la relación entre la maternidad y el feminismo. En mis primeros años de activismo toda experiencia y teoría confirmaban que la maternidad era ese rol obligado del que teníamos que huir las mujeres libres. No olvido el texto de la feminista radical de los 70, Shulamith Firestone, que soñaba con que la tecnología nos permitiera sacar la gestación de nuestros cuerpos, que fueran grandes incubadoras las que se hicieran cargo de producir una nueva humanidad. La eliminación de la maternidad, y con ella de la familia, permitiría socializar los cuidados, redistribuir los trabajos, eliminar por fin las raíces de la opresión patriarcal capitalista. Me parecía una fantasía deliciosa. La biología no tenía por qué ser destino, la maternidad era ese lugar no-resignificable, una institución a abolir.
Y no es que no haya verdad allí. Ese palo que las feministas le hemos dado a la maternidad por décadas ha sido absolutamente necesario para evidenciar que efectivamente ha sido en razón de nuestra capacidad de gestar y parir y lactar que se nos ha construido discursivamente como exclusivamente madres, que se asume que todas las mujeres debemos serlo, que se nos ha relegado a lo doméstico y excluido del salario, del poder, de la toma de decisiones en lo público. Que se nos delega el cuidado casi pleno de nuestr_s hij_s en sus primeros años y que, en general, asumimos mayoritariamente las labores de cuidado de la sociedad en la escuela, en los hospitales, desde el servicio doméstico, etc.
Pero lo que creo hoy es que el problema no es la maternidad en sí, como no lo es la feminidad en sí, como no lo es la heterosexualidad en sí. El problema es el patriarcado, la heterosexualidad obligatoria, el racismo, el capitalismo. El problema es la maternidad patriarcal que hemos asumido como única en occidente y la solución no es la tecnología, como tampoco lo es la decisión individual de elegir no ser madres. Como dice Esther Vivas a propósito de su libro Mamá desobediente:

“No creo que se trate de renegar del hecho de ser madres sino de las condiciones en las que somos madres en el patriarcado. El problema de la maternidad no es la maternidad en sí misma sino la instrumentalización que ha hecho el patriarcado de la maternidad. Desde un planteamiento feminista lo que se debe hacer, y cito a Adrianne Rich, es romper con esa “institución” de la maternidad; con esa imposición de lo que debe ser la maternidad, y recuperar la experiencia materna sin idealizarla para poderla vivirla libremente. Hay que dejar claro que sin otro modelo de reproducción social es muy difícil vivir otra maternidad que rompa con el binomio de la maternidad patriarcal y la maternidad neoliberal. [Con ese ideal materno que] oscila entre la madre sacrificada, al servicio de la familia y las criaturas, y la superwoman capaz de llegar a todo compaginando trabajo y crianza”[1].

[1] El País. Diana Oliver. Esther Vivas: “La maternidad debe ser feminista. Hay que rescatar a las madres del patriarcado”. 06.03 de 2019. En: https://elpais.com/elpais/2019/02/28/mamas_papas/1551353871_772692.html

Foto de archivo personal de Lorena Aristizábal.

Si hablamos de la violencia ginecobstétrica y sus expresiones descarnadas contra las mujeres en América Latina, y especialmente contra las mujeres racializadas y empobrecidas; si hablamos de la represión a la lactancia y del macro negocio de la leche de fórmula; si hablamos de las licencias de maternidad y de paternidad o del impacto que tiene el tener hijos en la precarización económica y laboral de las mujeres madres, especialmente las jóvenes, etc., concluiremos que son muchas las violencias y opresiones vinculadas a la maternidad. Pero, de nuevo, porque este contexto en el que la ejercemos es fuente de esa violencia y opresión.
El asunto es estructural y poco haremos para transformarlo quedándonos con la mitad del reclamo. Seguiremos gritando que la maternidad no puede ser forzada y que tenemos derecho a decidir no ser madres. Sí. Cada vez más. Pero a ese grito le hace falta una apuesta por demandar, con la misma rabia, que cuando decidamos serlo contemos con las condiciones mínimas que nos permitan no quedar en desventaja, no perder la autonomía, no desaparecer en soledad. Nos hemos organizado para abortar, necesitamos organizarnos para ‘maternar’. No podernos salirnos de allí y dejar la estructura intacta, porque sigue habiendo mujeres madres, porque todas somos hijas, y somos hijas de mujeres socializadas como madres en unos contextos en los que, parirnos y criarnos, les costó mucha libertad.

Porque ha sido desde su lugar de madres que muchas mujeres y feministas en la historia se han dado las luchas por la memoria y la dignidad cuyas banderas hoy retomamos. Lo personal es político y este es un asunto que nos concierne a tod_s, a tod_s.

De eso también van las maternidades feministas, de preguntarnos a fondo ¿Cómo queremos que las mujeres que así lo decidan puedan vivir su maternidad? ¿Qué podemos hacer para garantizarlo? Hay muchas voces que se han pronunciado sobre estas cuestiones y que han tendido puentes maravillosos y revolucionarios entre el feminismo y la maternidad; entre el ser una mujer libre y feliz que también es madre. Y no hablo sólo de voces recientes, las parteras tradicionales afro e indígenas, que han puesto el placer en el centro de su práctica, lo enuncian desde hace siglos[1].  Esas voces nos reclaman que tenemos que hacer tribu, colectivizar las crianzas, estar allí para esa madre que, sin duda, pasará tiempos difíciles en los primeros meses de la crianza de ese ser ultra dependiente que es su hij_. Que tenemos que pensarnos socialmente el cuidado, desnaturalizar la idea de que sólo nos corresponde a las mujeres, hacerlo comunitario y exigirle al Estado que haga su parte.

 [1] Les recomiendo mucho consultar las redes y documentos de las organizaciones Asoparupa y Mujeres Bachué.

Foto de archivo personal de Lorena Aristizábal.

Dice Esther “para mí una maternidad feminista es una maternidad desobediente, una maternidad insumisa, que rompe con los arquetipos que nos han impuesto a lo largo de la historia, que rompe con la maternidad patriarcal que ha encerrado a las madres en el hogar y que ha infravalorado el trabajo de los cuidados. También creo que es aquella que rompe con la concepción neoliberal actual de la maternidad en la que la crianza y el cuidado quedan supeditados al mercado”.[1]

[1] Íbid.

Es momento de reapropiarnos de la maternidad en un sentido feminista y emancipador, rescatar el ejercicio materno del patriarcado, hacerlo colectivo y placentero. Soy feminista y soy madre y seguiré disputándole al patriarcado y al capitalismo el ejercicio de mi maternidad, ojalá con tod_s.
Para ampliar el entendimiento y análisis de una maternidad feminista y antipatriarcal pueden seguir a @lamalamamapodcast, @latotomai, @mamasobrevivio, @mama.fest y similares.

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