Transitamos el miedo hacia afectos rebeldes

Por: Marttin André

Previo a la incomodidad

Este texto surge de fragmentos, sentires propios, narrativas colectivas y la necesidad de escribir para acompañarnos. Aborda lugares de experiencias de personas y organizaciones trans incluyendo la mía, aun así, no representa los lugares políticos de la población trans en general, ya que propone lugares construidos desde mi historia personal. Existen posturas como tránsitos posibles.

En la incomodidad encuentro un lugar político necesario, visibilizar nuestros tránsitos de la forma de cómo y cuándo deseemos, puesto que, finalmente lo personal es político. Busca también, ser un abrazo en medio de las distancias impuestas, un abrazo con aquellxs que a veces no se encuentran, que tienen rabia, que la visibilidad no les alcanza para comer, que no se sienten posibles, para ellxs aquí estamos, no están solxs y cada vez somos más, sepan que estaremos aquí hasta que nadie tenga que volver a transitar con miedo.

En esa medida la escritura de este artículo está acompañada por el lenguaje inclusivo ¡Así que sí! más de nosotras, nosotres y nosotros; acostúmbrense, porque no nos vamos a ir, venimos a incomodarles el privilegio.

Foto tomada por:  Victoria Holguín –  Marcha Trans 2019
El pasado 31 de marzo Día Internacional de la Visibilidad Trans, nos invitó a pensarnos el lugar de la visibilidad: reconocimiento histórico de nuestras identidades, la posibilidad de existir con dignidad. En esa medida es preciso reflexionar sobre la “visibilidad” en sí ¿Por qué hablar de visibilidad trans en Colombia? ¿Qué implicaría ser una persona trans visible? y ¿A qué podríamos llamar visibilidad?

Me gustaría hablar de invisibilidad antes que de visibilidad y esta exigencia no sale de la nada, surge de aquellas “normalidades” de la opresión que nos han obligado a habitar lugares de miedo, inexistencia, patología, invalidez, soledad y, efectivamente, invisibilidad sistemática. Las identidades trans, alienígenas, ‘machorras’, ‘travas’, ‘chachitos’, ‘monstruosas’, ‘mariconas’ y cualquier construcción al margen de la norma cis-sexual y patriarcal; están aquí, incluso cuando nos ha hechos sentir invisibles y debido a ello reivindicamos nuestras existencias como escenarios de lucha públicos y privados, porque se nos ha negado el existir, pero seguiremos estando.

Si bien hemos sentido estos lugares de invisibilidad en nuestrxs cuerpxs, no son a priori a nuestras existencias, no somos excluidxs de la sociedad, somos expulsades por maquinarias terroristas de dominación y normalización que se hacen llamar “lo normal”, “lo que está bien”, “lo que sí es” y la mayoría de las veces encarnados en los lugares más próximos, públicos y privados. Cuando la norma es lo que se ve, el resto queda en el amplio margen de “lo invisible”. Es curioso pensar en la óptica de estas maquinarias de terror, ya que se nos impone la “no existencia”, pero dado que no es una posibilidad, seguimos ahí, estamos aquí, somos lo único que ven, y nos ven porque les incomodamos a pesar de que les gustaría no vernos. En Colombia sólo nos ven para exterminarnos.

Sumado a esto, quienes decidimos acompañar a otrxs, realizar acciones y activismos alrededor de la exigencia de derechos y denunciar la falta de garantías de acceso para personas trans, somos perseguidxs y esa es una visibilidad que no concebimos siempre. Sabemos que ser una persona trans en Colombia y en América Latina es una sentencia de muerte. Desde donde lo veamos, nos siembran miedo para perseguirnos con seguridad militarista que nos cuesta la vida.

Foto tomada por: Marttin André
El panorama no es muy favorable, pero en medio de esto aquí estamos ¿Por qué insistir? ¿Por qué arriesgarse? y a riesgo de romantizar las experiencias comunitarias y de activismo, me atrevo a responder “para que nadie más se sienta solx”, porque cuando has perdido tanto, tus hermanas han perdido tanto y has llorado a tantos que ya no te salen lágrimas, el miedo se convierte en rabia y la rabia la organizamos, la acompañamos con ternura y transitamos el miedo hacia afectos rebeldes, empezando por los propios. 
Cuando tomamos la decisión de encontrarnos suele ser el primer acto de amor propio en nuestras vidas ¿Y qué si lo vale?, abortar este sistema de terror con afectos rebeldes siempre lo va a valer.

Si bien las personas trans y con identidades de género no hegemónicas hemos sido históricamente expulsades a círculos de marginalidad de la norma y expuestas a una serie de violencias sistemáticas sobre nuestros derechos fundamentales, durante la pandemia se ha agudizado el panorama, ya que no existimos en la agenda de ayudas humanitarias de los Estados, el encierro ha normalizado la fiscalización de los cuerpos, específicamente la hipervigilancia sobre nuestras identidades y nos ha usurpado las herramientas que hemos construido para llevarlo entre nosotrxs.

Aunque nos impongan “invisibilidad” con la excusa de que nos salimos de patrones de normalidad, ya somos visibles, estamos ahí y no vamos a ceder. Hago un llamado a la visibilidad propia, indagando para quién queremos ser visibles y explorar para adentro estos lugares de visibilidad. Si bien sé y reconozco que la visibilidad es una necesidad político-estratégica en el marco de la exigencia de derechos, propongo que nos permitamos explorar cómo queremos ser visibles, no permitamos que se decida sobre nuestros tránsitos sin nostrxs, que nadie se vuelva a sentir solx transitando, no permitamos que la norma cis-sexual nos diga por dónde debería ser el camino cuando ya sabemos que hay tantos caminos como personas trans existentes. Me encantaría ser visible, sí, pero visible con dignidad, visible con salud digna, visible con empleos remunerados justamente, visible sin tener que abandonar nuestros hogares a temprana edad, visible con redes de afecto sanas, visible sin miedo y visibles con una expectativa de vida mayor a 35 años.

Las cuarentenas por pandemia nos han impuesto lugares de miedo y fiscalización sobre nuestros cuerpxs y sobre otres, la excusa ha sido el distanciamiento obligándonos a soledades rotas, distantes y poco cuidadosas, alejándonos de lugares que hemos construido para confortarnos cuando has sido expulsade de todas partes, construir afectos propios y con otras marginales es resistencia, eso hacíamos antes de la pandemia y lo seguiremos haciendo: existir en contextos donde se nos ha exterminado, patologizado y castigado, haciendo de ello un acto de justicia histórica, porque somos y seremos nuestra trinchera de resiliencia.

Cuando sientas que no eres posible, recuerda que no es así y que estamos juntas, juntes y juntos. Nos reusamos a normalizar el miedo, siempre hemos existido incluso cuando nos han hecho creer lo contrario.

Llevar afectos rebeldes a los barrios, las plazas y las organizaciones sociales es un reto ineludible. Para nadie es un secreto que tenemos la guerra impregnada en el cuerpo, hemos tenido tanto miedo que a veces sólo nos queda la rabia y eso también está bien. Nos invita a enrutar esa rabia hacia la construcción y conspire de posibilidades dignas, suena maravilloso e incluso irreal, pero es una posibilidad y una necesidad política inundar nuestras apuestas públicas y privadas con afectos radicalmente tiernos, vulnerables y transfemistas. No les permitamos que jueguen con nosotres al enemigo interno, cuando bien sabemos que las opresiones no son un concurso de quien sufre más, sino el resultado de estructuras de dominación antiguas que buscan exterminar todo aquello que salga de la norma a toda cosa.

Revolucionar desde los afectos como personas trans, mutantxs, rarites y extraterrestres siendo nuestros tránsitos en muchas ocasiones el primer lugar de amor propio que conocemos, es la trinchera de conspire que me gustaría resaltar, porque si bien muchas hemos hecho parte antes de otros lugares del movimiento social en sus diferentes expresiones, las identidades al margen hemos quedado olvidadas y nuestras luchas han sido etiquetadas como secundarias, hemos quedado desgastades en lugares políticos donde no nos sentimos encontradxs, para después quedar soles y en peligro.

Foto tomada por: Victoria Holaguín

Siento en los afectos (no en los impuestos por el romanticismo patriarcal, sino en los escogidos, trabajados y deconstruidos como los soñamos algunes) un lugar ineludible de resistencia, configuración de tejido comunitario que nos permite soñarnos apuestas transformadoras y permanentes que no excluyan, sino que por lo contrario sean generadoras de amplitud y en esa medida des-escalonen dinámicas de opresión históricas de las que ya nos cansamos.

Lo lindo de todo esto es que no es una idea abstracta, es una realidad, ya estamos en los márgenes conspirando desde los afectos cuidados, desescalando este cis-tema de terror y soñando futuros posibles. Es transpolar las cercanías a territorios de conspire, horizontalizar los escenarios de lucha como posibles lugares de resistencia afectiva, cuando generemos familias escogidas, cuando aprendemos desde la vulnerabilidad propia y la de otrx, cuando normalizamos transitar, denunciar y sanar en parche: fisuramos el sistema neoliberal, heteronormado, monógamo y patriarcal que nos ha enseñado a tener miedo. Finalmente, los afectos también nos salvan.

Para mantenerse informade sobre políticas, acciones y denuncias que competen a los géneros diversos, les recomendamos sigan las redes sociales de las colectivas sociales de La Transinclusive, Red Comunitaria Trans, GAAT, Alienhadas; entre otras.

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